jueves, 26 de marzo de 2015

Jectorín mi Amigo Inesperado, Capítulo 17



Noté con agrado ─lo que alcanzaba a verse─ que todo estaba en la casa muy bien acomodado, en verdad había cumplido su palabra de ayudarme con el desorden, excepto que  había colillas de cigarro como en forma de camino que me guiaron hacia la puerta que da hacia el patio, estaba semi abierta y ahí afuera el títere tenía varias cajetillas tiradas en el suelo y él con uno cigarrillo en la boca.

Compromisos Incumplidos
Capítulo 17

Fumando descaradamente, el muñeco solo se me quedó mirando y sonreía, asi tal cual, como si fuera algo muy normal, como si se lo hubiera ganado por haber hecho labores de la casa.

─Jectorín, esas cajetillas de cigarro las tenía muy escondidas en el fondo de un cajón, ¿Cómo es que diste con ellas? No sabía que te gustara fumar… pero no se debe fumar todo de un jalón… deja eso y dame una explicación… que tarde más rara, no parece ser un atardecer.

─Ya no lo haré “papá”, por eso me los acabé, para que tu no recaigas en tu viejo vicio de la nicotina. ─respondió el títere. Y, encendí varios al mismo tiempo para ver si así ya te despertabas.

─Claro que no era mi vicio, ya tenía semanas sin fumar uno solo. ¡Que hambre que me ha dado! Vamos adentro, hay que limpiar esas colillas. ─tardé en reaccionar por lo último que el mono me dijo─ ¿Qué dijiste?, si solo dormité un rato.

─  Yo limpio eso Polito, ah, ayer en la tarde tenías un compromiso con tu amiga Teresa, si mal no recuerdo. Mírala, ahí viene caminando, yo que tu me escondía… adiós, te espero adentro.

Algo estaba mal y yo lo presentía, ya no era que un objeto hablara… No, sentía algo más.

Doña Teresa,—que antes yo no bajaba de hipócrita y que había hecho algo por mi— se acercó por fuera de mi jardín sin quitarme la vista de encima.

─Buen dia señor Polo, ¿no tiene nada que decirme?

Caminé hacia ella a paso lento, pensando en como de repente se habian ido los vientos de Santa Ana como por arte de magia, y…

No sé por qué; pero el día se veía raro, y ver a doña Tere enfrente de mi otra vez y tan pronto como que era el preludio de algo; o, será qué ya me había hecho un preocupón empedernido.

─ No, no estoy enojada. Solo le quiero dejar las nuevas revistas mi Polo ─me dijo.
─Ah gracias, es usted tan amable. Y, ¿Por qué habría usted de estar enojada?, espere… ¿por qué anda haciendo esto, ahora por la tarde? ¿Ya le dieron nuevo horario?

— ¿Don Polito? Que cara se carga, y hasta huele a tabaco, ¿Qué no sabe que día es hoy?

─ Claro que sí, es sábado por la tarde, señora Teresa.

—Por lo visto se le perdió todo un día don Polito, hoy es domingo. Lo estuve esperando ayer en el salón del Reino.

—¿Cómo es posible?  Si solo me quedé dormido un ratito. Discúlpeme señora Teresa, como usted podrá ver he tenido algunos problemas.

—Y lo entiendo. No lo vine a regañar. No se preocupe don Polito, siempre habrá otro sábado. ¿El siguiente no se le olvida?

—Claro que no, señora Teresa, y gracias por haberme “visto” correteando a un ladrón con Jectorín en las manos.

—Lo vimos varios de los vecinos, no cualquiera corretea a ¡un ladrón armado! ¡Qué valiente señor Robledo!... bueno, ya me voy, que me esperan.

Entré a mi casa todavía con el eco de las palabras de doña Tere en mis oídos, pero el timbre del teléfono me las quitó.

—Ya contesta “papá”! y, si es tu amigo Héctor le vas a tener que obligar a que me de unas disculpas. —Dijo Jectorín.

—Bueno.

—Polo, ¿y los boletos?

—¿Cuáles boletos, Héctor?

—Los de la universidad que me ibas ayudar a vender.

—Discúlpame, Héctor, con tanta cosa de plano se me olvidaron.

—O sea, ¿no vendiste ninguno? Y, ahora ¿qué le digo a mi esposa?

—Discúlpame, ya sabes que si tuviera dinero se los compraría todos.

—¿Héctor?

Estaba Jectorín riéndose con tantas ganas que no sabía yo mismo, si enojarme, o yo también reírme de estas cosas que solo a mí me pasan.

—¡DON POLO! —Gritan de afuera.

Era don Rubén de la mesa directiva del ejido de Los Montes.

—¿Por qué no fue a la reunión?

—¿A la reunión?

—Sí, el viernes lo estuvimos esperando.

—Ah sí, ¡fue la reunión mensual del ejido! Discúlpame, Rubén, se me olvidó es que he tenido algunos problemas…

—¿Y, se le olvidó llamar? Mire don Polo otra vez que no le interese algo ¡no acepte responsabilidades!

—Es que, no me lo vas a creer, Rubén, las cosas que le pasan a uno.

Pero Don Rubén con cara de desconcierto y malhumorado giró su cabeza diciendo que no, arrancó su  troca y se fue.

Al entrar a la casa Jectorín se seguía riendo.

—¡Vaya amiguitos que te cargas “papá”! Nadie te tiene paciencia ¿verdad?

La vida me había cambiado desde que compré a este títere, de forma tal que realmente no sabía que día estaba viviendo. Los recibos se me olvidaba pagarlos, las citas y los asuntos de los vecinos los olvidaba rotundamente; pero éste interrumpía nuevamente mi pensamiento diciendo:

—Hazme caso “papá”, yo te puedo ayudar a salir de pobre.

Con toda la paciencia del mundo le contesté:

—¿Cómo Jectorín? Si desde que llégate tú a mi vida, solo me has traído problemas. ¿Cómo?

—No “papá”, yo no te traje problemas, yo no tengo la culpa de que no te controles a ti mismo.

—Y, ya habíamos quedado que ya no me ibas a decir “papá”. —Le dije.

─ Sí, pero eso fue antes que permitieras que tu amiguito me arrojara por la ventana de su carro. Nomás te estresas y me empiezas a tratar mal ─respondió Jectorín.

—¿Qué me hiciste?, ¿como fue que me dormí tantas horas?... todos esto es el resultado de conocerte, de tantas noches de insomnio.

Mientras seguía riéndose como si no pudiera contener su risa. Y, yo pensando en lo certero que es cuando dice: “yo no tengo la culpa de que no te controles a ti mismo”.


Pero éste se seguía riendo, y mi paciencia otra vez parecía que se acababa, por un momento tuve las enormes ganas de tomarlo por los pies y  aventarlo contra la pared…
 C O N T I N U A R Á …


                                                                      
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jueves, 19 de marzo de 2015

Jectorín mi Amigo Inesperado, Capítulo 16

Un títere que se cree hombre
CAPITULO 16

Ya casi para morirme de pena y preocupación, me bajaron de la patrulla, me quitaron las esposas, y me regresaron a Jectorín.

Poco a poco la felicidad volvió a mi rostro, los oficiales y las patrullas comenzaron a marcharse, pero la gente metiche y fisgona solo se la pasaban cuchicheando y echándome una que otra mirada.

Yo, con Jectorín en mis brazos, él, inmóvil, inerte, como si nunca hubiera cobrado vida, con la mirada perdida en la nada.

─ ¡Chamacos entrometidos!, ¿a ustedes quien les habló? ─comenzó a gritar mí cuñada toda frustrada. ─Ernesto, Georgina, se me van a la casa ahora mismo, ¡órale!... a hacer tareas, y no me van a salir en todo el día.

Ni siquiera me volteó a ver, y mejor para mí. Yo no quería entrar aun en la casa puesto que quería agradecerle a Teresa el gesto tan amable de ayudarme con su testimonio… puedo decir que bien pudo salir a sumarse en el chisme, pero no, esta vez había ganado mi estimación por ella.

─No se vaya Teresa ─le dije al ver que tras una ligera sonrisa daba la media vuelta hacia su casa. ─En verdad le agradezco mucho lo que acaba de hacer por mí, es usted una sensacional persona.

─ ¿Sensacional?, ¿qué palabra es esa para una mujer? Menos mal  que aún estaba por aquí, pues dejé de asistir ésta mañana con mis amigas a una reunión… tuvo suerte Don Polito, pero de poco sirvió lo que les dije a éstos prepotentes policías, lo que funcionó fue que salieron sus sobrinos y con su títere.

─Pues sí, pero fue por ambas cosas, en verdad muchas gracias, le debo una. Y no la invito a pasar a la casa ya que todos pensarían mal, pues saben que soy un hombre solitario, además me dejaron estos policías todo tirado en el suelo ─le dije.

─Me lo puedo imaginar… ─me dijo viéndome de arriba abajo ─el tiradero quiero decir. Solo le recuerdo que tiene un compromiso este sábado, de asistir a mi asamblea, la del reino, no lo olvide ¿eh? Hasta pronto “mi Polo”. ─dijo esto último con un coqueto énfasis.

Una vez dentro de la casa, me sentí liberado, como si varias cargas me las hubieran quitado de encima, pues me salvé de que me llevaran detenido, al fin me había deshecho de la pistola la cual, de haber sabido lo que iba a pasar mejor la hubiera enterrado en el patio trasero de la casa, me dio gusto que la malintencionada de mi cuñada Graciela no se saliera con la suya, y por si fuera poco tengo conmigo nuevamente a Jectorín.

─Oye títere, en serio, ¿ya no me piensas dirigir la palabra? Contesta, di algo, antes no te callabas y ¿ahora?  Anoche ni pude dormir, creí incluso que llegaría el vendedor a tocar la ventana a reclamarme por tu ausencia, yo creí que estabas escondido en algún rincón de la casa, y nada, que te fuiste de vago a visitar a mis sobrinos… no me hagas eso, ellos te quieren pero su madre nos odia, ya viste de lo que es capaz.

Silencio, solo el silencio me respondía.

─Espero que quites esa cara dura y seria que te cargas, te dejo aquí en el sillón, mira, tengo mucho por recoger del suelo y reacomodar… recuerda, como tú me dijiste : “en la vida sonreír es lo mejor”.

Y pareciera que di en el clavo, como si fuera una clave de acceso, en este caso de acceso a la vida de Jectorin, su cara se iluminó, se sonrió y al fin me miró.

─No dormiste Polito, seguro fue por mi culpa. Te propongo que te vayas a dormir y yo hago todo el quehacer por ti…

─ Vaya, gracias por… jamás pensé que fuera a decir esto, ¡gracias por hablarme! Pero, ¿qué dices? ¿acaso tu puedes hacer estas labores, y si te vuelves a escapar?

─No lo haré, no iré a ningún lado, ya entendí que sí me quieres aquí contigo, y ya te creo que no quisiste que el tal Héctor me tirara a ese apestoso lote baldío.

─No Jectorín, digo, gracias, pero no dejaré que tu trabajes solo, lo haremos entre los dos, en fin que el sueño me lo espantaron de modo terrible estos locos policías... ¡ah que cosa!

─Papá, ¿cómo me llamaste?, si yo como tu soy todo un hombre… ve y descansa, trata de dormir, o al menos cierra los ojos y piensa en lo que gustes, tú te relajas “papá”, que yo soy veloz para limpiar y acomodar cosas.

No entendí porque me dijo “papá” de nuevo, pero esta vez no me molestó, en realidad me comenzaba a generar una cierta fascinación por este cambio de actitud.

Le hice caso, me fui a mi habitación, desde luego que los nuevos acontecimientos me habían quitado el sueño de golpe, mejor que cualquier taza de café bien cargado.

Una vez en la cama, solo con la luz de la ventana, pensaba en que ya solo me faltaba en que vinieran los de la empresa de electricidad para hacerme la reconexión, ya me urgía más iluminación en la casa y revisar en mi lap top las novedades del mundo, no quería sentirme como un ermitaño que se aísla del mundo.

Afuera de mi cuarto, podía escuchar un ruido tras otro, ahora resultaba que tenía a un inesperado amigo ayudándome con las labores domésticas de la casa. Le hice caso a Jectorín, no me iba a dormir, pero comencé a relajarme, extrañamente, pues soy una persona que no consigue relajarse con facilidad.

No sé cuánto tiempo estuve así, o si dormité, pero de pronto un fuerte pero conocido olor a humo me hizo ponerme de pie de un brinco, asustado corrí hacia fuera del cuarto a ver ahora que pasaba.

Jectorín, ¿qué estás haciendo?, no te veo, ¿Qué se está quemando? ¿Ahora qué hiciste? ─le decía mientras agitaba con mis manos la espesa nube de humo.


Noté con agrado ─lo que alcanzaba a verse─ que todo estaba en la casa muy bien acomodado, en verdad había cumplido su palabra de ayudarme con el desorden, excepto que  había colillas de cigarro como en forma de camino que me guiaron hacia la puerta que da hacia el patio, estaba semi abierta y ahí afuera el títere tenía varias cajetillas tiradas en el suelo y él con uno cigarrillo en la boca.

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lunes, 16 de marzo de 2015

La Alfombra



¿Quién no gusta de un ahorrito? ¿de hallarse en su camino algo? ¿algo para la casa, o para uno mismo? Sobre todo hoy en día cuando las crisis económicas no dejan para lujos. Las crisis que nos vuelven pepenadores a todos... ¿Quién no gusta de un ahorrito? —gratis, tirada en la calle— ¿una lampara? ¿un mueble? ¿una alfombra?

El Don era conductor del transporte publico; de un pequeño camioncito con el cual daba vueltas practicamente todo el día —en círculos— por la ciudad de Tijuana.

Un día de lluvias, pensando en su casa; pues al manejar su camioncito tenía mucho tiempo para pensar —soñaba— y pensaba en como hacer su casa más bonita; ese día, en cierto terreno vacio, vio una hermosa alfombra. —Roja—. Una alfombra abandonada, enrollada y cada vez que pasaba frente al predio, ahí estaba, como esperándolo, como diciéndole llévame, vámonos, no tengo dueño.

—Tengo el camioncito lleno, —le decía este conductor a la alfombra—. A la tarde si me esperas, te recojo.

¿Cuantas veces pasó este buen Don por el terrenito de la alfombra? Varias, como varias veces creyó que a la próxima no la iba a encontrar; y que seguramente alguien más se la iba a ganar; pero cuando por fin llego la tarde-noche, y por fin se vio libre de pasajeros; llegó tan esperado momento de por fin estar solo en el camioncito. Y se dijo el Don para si mismo:

—Vámonos por mi alfombra.

Y aunque estaba oscuro y lloviznando —pensando en como hacerle para luego secarla— llegó a recogerla.

—Vente, vas a lucir bien en tu nueva casa, —como no queriendo le decía el Don a su nueva alfombra—. Ay que pesada estas, canija, seguramente agarraste peso con el agua. Mañana si el sol nos deja —si Dios quiere— te extenderé en el pasto pa' lavarte —y pa' secarte—.

Y con dolor de espalda y batallando, este pobre conductor se las ingenió para subir la enrollada, pesada alfombra a su camioncito. Dolor de espalda y batallar, igual, para bajarla. Pero más grande sería su dolor y su pesar, cuando al extenderla por fin en la sala de su casa; el susto de su vida se llevó, al ver lo que encontró, y lo que la alfombra escondía: El cuerpo sin vida de una persona ensangrentada.

jueves, 12 de marzo de 2015

Jectorín mi Amigo Inesperado, Capítulo 15

—Sí, papá —me dijo Jectorín con el peor de los sarcasmos que jamás hubiera escuchado— y sobre aviso no hay engaño.  —Agregó.

Traté de razonar otra vez con él, pero al volver la vista a donde esperaba verlo ya no estaba.

Silencio en la Casa
CAPITULO 15

— ¿Jectorín?

Me dirigí al cuarto de adjunto, no estaba. Al baño que está enseguida, y le eché un vistazo al corredor, tampoco.

— ¿Jectorín? —Me metí al cuarto y abrí el ropero. No estaba. — ¿Dónde te escondiste?— Le dije otra vez, pero ahora levantando la voz.

Después de esto surgió un extraño silencio que me acompañó toda la noche. Silencio que sólo interrumpía para preguntarle donde estaba escondido.

Quise seguir dialogando con él pero parecía ahora que lo hacía con el aire.

— ¡Qué bueno que te fuiste! ¡A lo mejor es lo mejor para los dos! —Le dije en vez de buenas noches a diferencia de los días anteriores que hasta le improvisaba una almohada.

Apagué la vela; todavía no tenía luz, me metí a mi cama; pero el pendiente de que algo estaba mal no se me quitaba de la mente.  Estaba preocupado, sentía que le debía una explicación a ese objeto que por un extraño motivo cobró vida. Un títere que… Un muñeco feo y… Una cosa comprada a…

El reloj que por lo regular parece que no se mueve, marcaba las 11: 44, luego la 1: 30, las 3, las 4 y, yo todavía quería darle sentido a… Jectorín; y a su extraño y repentino silencio.  

Eran las 6: 37 y todavía no podía conciliar el sueño. Pero como a las siete de la mañana, finalmente me pude sosegar y pude dormir un poco…

Unos golpes duros me despertaron ese día; eran las 10 en punto; ¡Dios mío, solo dormí tres horas!

Los golpes en la puerta eran continuos y desesperados, estaba seguro que era mi cuñada Graciela y mi simpatiquísima sobrina Nina...

— ¡Ya voy! ¡Ya voy! —Les gritaba mientras me cambiaba de mis garrientas pijamas. — ¡Ya voy!

Con la cara de dolor de muelas, y de muy mal modo abrí la puerta:

— ¿Señor  Leopoldo Robledo? —Me dijo uno de dos oficiales que estaban parados literalmente atrás de la puerta.

—Sí, soy yo, —les dije.

—Traemos una orden de cateo, según esta acta usted tiene una pistola en su casa.

— ¿Quéééé?

—No se mueva y póngase contra la pared. —Me dijo autoritariamente uno de los oficiales.

— ¿Cómo, si yo mismo levanté esa acta?

— ¡Quieto y déjenos hacer nuestro trabajo! —Gritó el oficial mientras aventaba los libros fuera de uno de mis libreros.

—No tienen que tirar las cosas fuera de su lugar, la pistola que yo fui a reportar está en el gabinete del extremo derecho del mueble de la cocina.

Mientras el otro, seguía aventando las cosas fuera del mueble, el oficial se dirige hacia el mueble de la cocina, abre el cajón que le indiqué y le dice al otro:

—Pareja, ya encontré la pistola.

El otro oficial se dirige hacia la cocina, sin antes tirar todo de una repisa de un solo golpe.

La toma cuidadosamente con unos guantes de látex y dice:

—Y, huele a pólvora.

—Lo vamos a tener que llevar a la delegación jefe. —Me dice— Queda usted, señor Robledo oficialmente detenido.

— ¿Cómo si yo mismo levanté esa acta para no tener problemas?

El oficial lee el acta, se queda pensativo y dice:

—Aquí dice que usted espantó a un ladrón con un títere, y que al correr se le cayó esta pistola, a ver jefe, ¿dónde está ese títere?

—Ah, el títere, es una historia muy larga… Jectorín. Se desapareció.

—Muchas contradicciones, jefe, lo vamos a tener que llevar a la delegación.

— ¿Cómo? ¿Si yo no debo nada, ni hice nada? Ese revolver no es mío; yo mismo fui a poner el acta. ¿Cómo es posible? ¿Qué me diga eso?

—Muéstrenos al títere para creerle, señor Robledo, ¿cómo está eso que se le desapareció?

—Sí, se me perdió o me lo robaron, de repente ya no lo encontré.  —Les dije.

—Ya lo dijo todo, vámonos a la delegación. —Me dijo mientras me esposaban.

— ¿Cómo es posible? —Yo decía…

…Yo decía y trataba de razonar con ellos; pero eran personas que no querían escuchar, ni les interesaba lo que tenía para decirles; eran personas que parecían fuera de contexto; y, peor aún empezaron a llegar más patrullas como si de verdad yo fuera un delincuente, y la gente de la localidad se empezó a acercar para ver qué pasaba.

—Sí, es mi cuñado y le gusta a asustar a mis hijos con su “muñeco”, decía Graciela cruel y vorazmente, a uno de los oficiales.

Luego, este (el oficial) preguntó en voz alta:

— ¿Hay algún testigo aquí entre ustedes, que haya visto a este señor corretear con un títere a un bandido?

Hubo unos segundos de silencio, cuando de entre los mirones, surgió una voz que dijo:

—Yo. Yo vi que don Polito la otra noche, sacó a un ladrón y le aventó algo diciendo “¿se te olvidó esto?” Mientras cargaba a su títere. —Era doña Tere que por primera vez hacía algo por la patria, o debo decir: un acto de humanidad.

— ¿Usted quién es? —Le preguntó el oficial.

—Soy vecina y vivo en, a tres casas de aquí.

El oficial volvió a mirar el acta; detenidamente con aires de ser una persona muy importante.

—Lo sentimos jefe; aquí dice que con un títere… espantó a un ladrón, ya tiene un testigo que lo vio, pero, ¿y, el títere?

Ya me estaban acomodando a dentro de una de las patrullas, de entre como siete u ocho, cuando quién sabe cómo y de dónde salieron Nina y Tito, con Toto, digo con Jectorín… Y, me dicen:

—Tío, tío, Toto no quiere que se vaya solo, tenga a su amigo Toto.

El oficial toma a Jectorín, lo ve por un momento y dice:

—Le creemos.

Ya casi para morir de pena y preocupación, me bajaron de la patrulla, me quitaron las esposas, y me regresaron a Jectorín.

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lunes, 9 de marzo de 2015

El Galerón del Fauno

—Mi Propio Laberinto del Fauno—

Desde niño diferencié de entre la realidad y un sueño; recuerdo sueños que tuve desde muy temprana edad, y estaba consciente de que lo eran... Sueños.

La realidad la tenía muy separada de mis sueños, aunque claro, como todos los niños, fantaseaba mucho con cosas imaginarias, pero entonces, sabía muy bien que era la realidad y que no lo era.

Hace pocos años, salió la excelente película de El laberinto del Fauno. Cuando la vi, me identifiqué, pues éste fauno, solo se le aparece a una niña, solo ella lo podía ver y los adultos no, y además sucedía en un bosque... Él quería la vida o el alma de un ser inocente, cuando la vi de inmediato me acordé de mi caso cuando niño.

Era 1978. Había un libro de editorial Salvat, guardado entre un montón de libros más, que pertenecían a mi papá, pero éste era el que mas morbo me causaba de ver, por la atracción a los desconocido. Era sobre misterio y ocultismo, yo aun no iba a la primaria, ─no fui llevado al jardín de niños tampoco─ no sabía leer aun, pero me daba miedo hojearlo por sus imágenes, que para mi, a esa edad, algunas era aterradoras. En una página venía la imagen de lo que parecِía un macho cabrío parado en dos patas, rodeado de gente, de noche, en la intemperie de alguna zona rural. Su mirada era espeluznante... Y, esa imagen era muy similar a lo que luego llegaría a ver, y que tanto miedo me daría, pero la vería en pleno día.

Repito, no recuerdo para nada que fueran sueños, mejor dicho pesadillas. Desde entonces memoricé cada detalle de lo que había visto… a la fecha.

"El Galerón", así le llamábamos a ese oscuro y tétrico lugar. Un galerón al fondo del patio de la casa, mucho mas grande que nuestra propia casa. Era como un almacén abandonado; entraba muy poca luz del techo o de las paredes, gracias a los ladrillos derrumbados. Era de ladrillo rojo; sin enjarrar y sin pintar. Por dentro todo era un tiradero de cosas abandonadas, tipo basurero, entre escombros, telarañas y cosas para reciclar, tal vez eran guardados con el propósito de volverlas a utilizar. En las noches era un lugar totalmente en tinieblas, y por los días, parecía una bodega abandonada que guardaba muchos secretos; y ahí fue donde se nos apareció a tres personas la primera vez que lo vi, éramos dos niños y a un adulto. El adulto era un Tío llamado Efrén, mismo nombre de mi primo.

Era un tarde-noche como cualquier otra, algo estaba buscando mi tío, y fue cuando fuimos a este galerón, él, su hijo y yo, en la búsqueda de tal vez alguna herramienta u objeto que él necesitaba. Y, fue cuando lo vi por primera vez; en un rincón, ahí estaba ese ser espantoso, parado atrás de mi tio, de repente volteó para dirigirme su mirada (el fauno)... Pensé ─en breves segundos─ que algo le haría y que luego seguiría con los niños. Le grite a mi tío que ahí estaba el diablo, y él volteó de inmediato a ver a donde le señalé, y recuerdo que se asustó mucho, mas no sé si lo vio... nos fuimos corriendo despavoridos los tres, hacia una parte rota de la pared; por ahí mismo habíamos entrado, o sea, por un agujero hecho en la pared que alguien hizo por algún motivo. Lo cierto, es que a ese lugar nadie entraba, los adultos nos decían que nunca deberíamos pasar al galerón prohibido.

Despavoridos, tratamos de salir de ese lugar, por ese agujero en la pared, uno por uno, agachándonos; se me hizo eterno poder salir de ahí, recuerdo aquel miedo tan grande que nos dio.

Mi primo, era un año mayor que yo, le pregunté pero él dijo que no vio nada, no tuvo tiempo. Y en cuanto a mi tío, ya no lo vi de nuevo para preguntarle ─pasados los años─, yo dudaba, realmente ¿lo vio él también?, o ¿sólo fui yo?, mi tío murió tiempo después, por eso es que nunca le pude preguntar.

La segunda vez que vi al “Fauno”, fue justo afuera de éste galerón, por la parte rota de la pared, como si aquel ser se hubiera salido a asomarse cuando escuchó mi voz.
Ese mediodía me había portado mal, alguna travesura que hice, entonces mi mamá me dijo: "Ah ¿conque te portas mal y no me haces caso? Te voy a llevar al galerón, ahí espantan".

 "¡Nooooo!", gritaba lloriqueando yo, agarrado muy fuerte del tallo de un arbolito de bugambilia, "¡Nooooo, no me lleves para allá!", y es que estaba viéndolo de nuevo, a ese macho cabrío o lo que fuera, ahí parado sobre sus patas traseras, solo mirándome fijamente, y hasta podría decir que con una ligera y maliciosa sonrisa. Pero mi mamá no lo veía, ella estaba de espaldas a él, yo se lo señalaba pero no recuerdo que volteara a verlo, por lo tanto ella no vio nada; El fauno, parecía saborearse de la idea de que me llevaran hacia él, casi creo que escuchaba su rara forma de respirar, pero no me pudo soltar mi mamá del arbolito, y en realidad no creo que me hubiera llevado para allá.

“Ahí está ese diablo”, le decía yo, llore y llore. Y al fin me soltó mi mamá, para que ya me callara, supongo. Después, solo corrí al interior de la casa.

En ese entonces, a esa edad solo pensaba en que había visto al diablo, en mi pequeña mente no había mucha información, por eso lo relacionaba con las imágenes de aquel libro que les mencionaba al principio de este relato. ¿Qué era aquella cosa? No lo supe, creo que algo me quería decir y como no fui hacia él para averiguar que quería, pues no lo supe... Si fuera algo diabólico tal vez me hubiera seguido, pero no lo hizo en ninguno de los dos casos que lo vi. Poco después dejamos de vivir en aquella casa, una de las pocas que había en ese rancho rodeado de árboles. Tal vez por eso ya no supe mas del “Galerón del fauno”, como ahora le llamo, ni de aquel oscuro ser que parecía vivir ahí.

Ya grande y a distancia, sé que no fue un sueño. Ese "fauno" se nos manifestó a mi y a mi tío, donde quiera que él esté. ¿Por qué no lo vio mi mamá? Porque no dirigió su vista a donde yo miraba; lo vi en plena luz del día y también aquella tarde. Aun todavía puedo describirlo, todavía recuerdo el jadeo de su andar, y las huellas que dejó plasmadas a la salida de su galerón.


—Héctor B.M.—


Gracias por compartir esta experiencia estimado Héctor, esas vivencias de la infancia siempre son historias muy interesantes, dicen que los niños no mienten, y en su sensibilidad ven lo que los adultos no pueden ver, ¿quién no lo vivió en su infancia?