lunes, 1 de diciembre de 2014

Camina o Trota pero Vuelve a Casa

Cuando leí este ensayo de Héctor Buelna, dije "es un regalo de Navidad", aunque en su redacción Héctor no lo mencione y lo escribió en agosto, lo comparto con ustedes hoy, para desearles, felices y cálidas fiestas Navideñas y de fin de año y que ese calor se renueve una vez más en sus casas, estimados lectores  —gracias, Héctor— y, ya sea otoño, invierno, primavera, o verano; caminando, o troteando; con los pies desgarrados, y los zapatos destrozados...

Todo comenzó una tarde del año 1991 cerca de la Zona Centro de Tijuana.

A las siete de la tarde habían terminado mis clases de canto y música en la academia de la Anda. Mi papá me apoyaba mucho en eso de la "artisteada". Yo, trataba de sacarle el mayor provecho posible a ese sueño de cantar, y vaya que enfrenté mis temores, ya que siendo un chico bastante tímido aprendí a cantar frente de mucha gente y a disfrutarlo a la vez.

Una de las compañeras nos invitó a su casa, la cual no quedaba muy lejos de ahí. Solo dos o tres la acompañamos.

Pasamos un buen rato con su familia, vimos vídeos musicales, platicamos, reímos, pero ya pasadas las 8 de la noche me despedí, no podía quedarme mucho tiempo. Claro, era un chico de a pie y de camiones, así que me encaminé hacia la Zona Río, unas seis cuadras, para una vez ahí tomar uno de los dos transportes públicos para llegar a casa.
Una vez parado donde esperaba el camión me llevé una sorpresa bastante desagradable, no lo podía creer. Mis bolsillos estaban vacíos, ni un solo peso me acompañaba. ¡Pero qué descuido! ¿Cómo me pudo pasar esto de no llevar dinero?

Me estaba angustiando y pensé en pedirle dinero a la gente que pasaba por los lados, ¿Y, si le pido dinero a esa señora?, ¿Y, si mejor le pido a ese anciano y le explico a donde voy? Pero me ganó la timidez, o la vergüenza de mi situación, y al ver que el tiempo avanzaba drásticamente, me armé de valor. No tenía que pensarlo mucho y me decidí, no a pedir dinero, sino a irme caminando a mi casa, la cual no estaba para nada cerca.

Me preocupaba mucho cierta persona especial que me esperaba en casa, siempre a la misma hora.

Me consideraba a mi mismo como buen caminante, en ese entonces ni de chiste era corredor, ni tan solo un poco. Lo malo del asunto es que llevaba zapatos lo cual hacía más difícil el apurar mi pies. Ver el monumento de Cuauhtemoc me hizo ubicarme en la realidad de la lejanía para llegar a mi hogar.
Dejé Zona Río, subí la rampa a un lado de la colonia Libertad, había que subir y subir, con destino próximo al aeropuerto.

Todo nervioso y acongojado sabía que si no me apuraba llegaría hasta la media noche. Así crucé varias colonias, 70-76 a un lado, Libertad parte alta, del otro. Así que troté, como dije, no era corredor ni nada parecido, pero trotaba sin parar, no quería parar.

Llegué a la calle del aeropuerto, pero con mis pies adoloridos, esos zapatos estaban más pesados y ajustados de lo que creía que eran. Sentía el surgimiento de algunas ampollas. Ni hablar, yo me había buscado todo eso.

Y sucedió que alguien se apiadó de mi, un señor que detuvo el andar de su coche me invitó a subir ¡Que maravilla! le agradecí mucho a ese "ángel" por el raite. Solo fueron pocos kilómetros, pero me sirvieron de mucho, descansé mis piernas y ahorré tiempo.

Lamentable fue que él no iba en mi dirección, así que me bajé donde comienza el bulevar Bellas Artes en Otay.
En ese entonces no sabía calcular distancias, no obstante, sin saberlo me restaban cerca de seis kilómetros más.

Cansado, sediento, hambriento y preocupado lamenté mi falta de valor para pedir algo de dinero en la calle, o al menos debí haberme regresado a la casa de mi amiga y pedirle prestado a ella.

Seguí alternando caminata rápida con trote mientras me dirigía en linea recta por el bulevar industrial.

Ya pasaban de las diez de la noche y yo era un chico que no acostumbraba a llegar tarde a casa a menos que supieran de mi, a donde fui y con quién estaba, pero ni una moneda me encontré tirada por casualidad para llamar y avisar desde un teléfono público.
"Ojalá alguien me reconociera y me diera raite"; mis piernas ya estaban muy cansadas, mis pies dolían más debido a los incómodos zapatos.

Las horas esa noche me parecían tan cortas y a la vez la noche tan eterna...

¡Yaaaaa! Ya quiero llegar... "Perdóname mamá por ser tan torpe y llenarte de preocupaciones".

Entré al fin a la colonia Las Torres. Nunca había tenido tantas ganas de llegar a casa. Eran tal vez las once de la noche y mis pies se apuraban cada vez más y más.

No paré hasta ver la casita y mi madre afuera con dos de mis hermanas; esperándome, ella dio algunos pasos adelante para recibirme. Su rostro cambió de la angustia a la felicidad al ver que me encontraba bien, había llegado a sus brazos. Me di cuenta que no importaba tanto llegar a casa, sino llegar a ella, a ese corazón que tanto anhelaba verme llegar.
—Tomado de ""Corre, Héctor, Corre"— 
Publicado en Tijuana, el 27 de agosto, 2014

Un Minuto Entre la Vida y la Muerte

—Titulo original: Naufragio en el Río Humaya, por Héctor Buelna—

—Mi Papá es Leyenda—

Héctor Buelna Amador fue un destacado marchista en su juventud, actividad deportiva que también se le conoce como "caminata". Queda claro que el deporte puede formar hombres fuertes, tanto física como mentalmente.

Me queda claro que el deporte puede forjar héroes, vedaderos héroes.
Como cada año en Sinaloa a veces las tormentas y trombas hacen estragos, y fue sin duda una de estas la que causó con su precipitación pluvial el aumento al nivel del río.

En Culiacán, el señor Héctor a sus 47 años ya tenía cierto reconocimiento, así como en la SARH, empresa donde trabajaba, ahí su empleo era de técnico dibujante. El destacaba por ser remero, marchista, nadador y sobre todo cantante y compositor de canciones, lo que le hizo ganarse la simpatía y amistad de mucha gente; algunos incluso lo apodaban "chanoc", comparando sus habilidades con el de un personaje de cine.

Era el jueves 8 de Octubre de 1981. Cuatro jóvenes paseaban en una lancha por el Río Humaya y al parecer no les importó que el nivel del río no cesara de crecer. Iban y venían, recuerdo que hasta los vi pasar e iban cantando de puro gusto. Pero no prestaban atención a lo que sucedía, las aguas seguían tomando fuerza y crecían y crecían sin parar. La fuerza de la corriente era tal que se volcaron. Dos de ellos, los mas hábiles lograron salir nadando. Pero, ¿Que pasaría con los otros dos?.

Era una noche muy oscura, sin luna y Héctor aún estaba dedicado al salvamento de sus bienes, ya que el río había llegado a cubrir su casa a más del 50% de altura  Fue cuando alguien llegó apresurado a pedirle prestada su canoa, la cual debía medir unos 3 metros de largo por unos 80 cmts. de ancho aproximadamente.
En el lugar de los hechos se encontraba a unos 600 metros de su casa, donde elementos del Ejercito, Bomberos y Cruz Roja titubeaban en lo que deberían de hacer y, al parecer nadie se atrevía a entrar al río.

Eran como las 21 horas y los dos jóvenes estaban a unos 100 metros de ahí y sobre una pequeña isla en medio del río. El agua había subido a una altura de 2.12 metros sobre su nivel natural, causando que solo las crestas de los arboles quedaran disponibles para que se aferraran a ellas. Pero los muchachos no estaban juntos, sino a unos 25 metros de separación uno del otro.

Nadie se atrevía a entrar, puesto que veían pocas posibilidades de salir bien librados. El temor los invadía porque el agua además arrastraba consigo infinidad de arbustos y troncos a gran velocidad.
Sin embargo, no había mas tiempo que perder, ya era un asunto de vida o muerte.

Héctor conociendo su destreza para remar no pudo esperar mas y de inmediato solicitó un voluntario para que lo acompañara. Se necesitaba un lastre para la parte trasera de la canoa, un contrapeso.
Los presentes poco a poco retrocedían. El sentido común les decía que aquello era casi un suicidio.

Un angustiado y perturbado joven se ofreció, diciendo que el era hermano de una de las víctimas. Héctor lo rechazó de inmediato, alegándoles que no debía ser ningún familiar para evitar sumar un accidente mas, por algún descontrol emocional.

Finalmente aparece otro voluntario, el cual a la fecha se desconoce su identidad.
Héctor le da instrucciones:

—No te vayas a mover, te quedas quieto ahí atrás ¡sentado!
Decide remar a contracorriente, hasta estar unos 100 metros arriba, para poder lanzarse, aprovechar la fuerza del agua y acercarse a uno de los jóvenes. La canoa debía ir en contra y casi horizontal de manera que la corriente le pegara de lado. Usando la misma velocidad del río, buscarían acercarse.

Fue al segundo intento que se lograron aproximar a las ramas de un árbol de la isla, y al estar cerca de uno de ellos que se encontraba agarrado de un sauce, Héctor le empieza a gritar para calmarlo:

—Ya estamos aquí, aguanta, ya se te acabó el problema. —Pero apenas podía verlo por la escasa luminosidad, ya que los bomberos con las luces de sus camiones poco lograban iluminar desde esa distancia.

El asustado joven solo sacaba la cabeza de las bruscas aguas.

El remador y acompañante como pudieron se pegaron al árbol y ya cerca de el le gritó:

— ¡Tienes que hacer lo que te diga y todo saldrá bien... vente, sueltate... ven acá! —Al fin lo hace y le ayuda a subir jalándolo por el calzón. —¡Súbete! —Le ordena.

El joven con un gran esfuerzo logra abordar la canoa. Héctor le sugiere:

—Acuestate en el fondo, te llevaremos a la orilla. —¡Gracias! —Apenas le respondió con una voz apagada.

Una vez colocado en tierra recibiría atención inmediata por parte de la cruz roja. Mientras Héctor y su compañero en el otro extremo de la canoa maniobravan por repetir la hazaña, remando fuertemente por la orilla hasta llegar al punto de poder lanzarse de nuevo por el segundo chico que por fortuna seguía ahí agarrado a una de las ramas.

— ¡No tengas miedo, ¡sueltate... lánzate, aquí te agarro! —Le gritaba.

Notó que aquel muchacho estaba realmente dando su último esfuerzo, pues no conseguía subirse. La cosa se complicó. Héctor lo toma también por el calzón para poder subirlo a como diera lugar. Debía sacar fuerzas ante su propio cansancio y ayudar a este joven quien había llegado a su total agotamiento; lo jaló fuertemente haciendo un esfuerzo sobrehumano, hasta lograr al fin subirlo. También le ordenó que se acostara, pero el no respondió ya a esas palabras... solo se desmayó y quedó tendido en el fondo de la nave.

Habían llegado justo a tiempo pues tal vez con la demora de unos tres minutos más ya no lo hubieran encontrado... y el río habría ganado esa batalla.

Una vez en la orilla, Héctor debía cargarlo, pues parecía mas muerto que vivo; por fortuna estaba con vida.

Bomberos y Cruz roja ya los esperaban.

Héctor, con la ayuda del cielo y un valiente joven quien lo acompañó, logró sin pretender ser héroe, una valerosa hazaña que había durado apenas unos treinta minutos.

Ahora, solo quedaba en su mente el gran reto de sacar adelante su propia vivienda, lo cual significaba que había mucho trabajo por hacer, afortunadamente con la ayuda de su esposa Rosario y sus 6 hijos.

Cuando le preguntaron si conocía los nombres de las personas rescatadas, el dijo que nunca los supo, que cuando el hacía una acción como esas, lo que menos importaba eran los nombres, o si después volvían para agradecerle; que lo importante era simplemente...

Qué se habían salvado.



¿Tú también, como Héctor, tienes un papá; un abuelo, una esposa, esposo o familiar leyenda? ¿y quieres que aparezca en mis archivos? Mándame tu historia, bajo las mismas condiciones explicadas a Daniel aquí y adelante, ¿por qué no? ponte en contacto conmigo. 

 LE 
leyendasdetijuana@live.com

Jectorín mi Amigo Inesperado

—¡No puede ser, es la llave de la casa!, pero, ¿qué es lo que está sucediendo aquí?, cómo vas a desaparecer y luego aparecer de nuevo, llavecita?, y mientras veía incrédulo la llave que creí extraviada, entre los dedos de mi mano derecha, un grito no muy lejano me hizo voltear mi vista y atención hacia la ventana de enfrente: —¡Ninaaa!, ¡ya regresa ese feo muñeco de donde lo hayas tomado o te voy a castigar...!

Capítulo 3

Era mi cuñada que reprendía a mi sobrina porque... ¡traía a Jectorín!

— ¡Nina! ¡Ninaa! trae pa’tras ese muñeco! ¡NINA! —yo también le gritaba pero con los pelos de punta— ¡NINA!

Es que es mucha responsabilidad de mi parte pues ¿qué clase de demonio es ese? Y me salí corriendo por el mono… digo por Jectorín, y en el momento más inoportuno frente a mi puerta aparece doña Tere:

—Le traigo su publicación semanal, don Polito.

—Doña Teresa, ¡ya le dije que no me interesa! —le dije en medio de mi preocupación a ver a mi sobrina jugar con Jectorín—  ¿Su hojita para leer? —Replicó doña Tere

Me quedé pensando por unos breves segundos, pero muy bien pensados, respiré profundamente, y le dije: —Sí, “mi hojita para leer”; ahora me disculpa que traigo algo de prisa… Sí, adiós, adiós, adiós doña Tere.

Me dirigí a donde mi sobrina, y le dije:

—¡Nina dame pa’tras ese mono! ¡Niña ladrona!

—No, cuñado, usted no va a tratar así a su sobrina, su sobrina es mi hija, y ni que se lo fuera a robar, me ofende. —Dijo hinchada, mi cuñada Graciela, clueca, esponjada; como cuando se enojan las gallinas.

—Graciela, —le dije— es que ese muñeco ¡está endiablado!

—Endiablado su abuelito, cuñadito.

Y mientras discutía con mi cuñada Graciela. Nina y su hermanito Tito, se peleaban por…

—Toto ¡es mío!

—Préstamelo ya jugaste mucho con Toto.

Y, lo jalaban de sus brazos de un lado y para otro…

—No se preocupe cuñado Polo, más tarde le llevamos su muñeco a su casa, no le va pasar nada. —Me dijo cínicamente mi cuñada como siempre con odio en su mirada— o, ¿qué a poco nos ve la cara a mis niños y a mí de delincuentes?

Me regresé a mi pequeña casa, buscándome la pequeña llave que se esconde y no se esconde, con mí ahora, pequeña pero menuda gran preocupación que me ahoga y que me asfixia. Tan gorda que me cae… Graciela. A ella sí que se la coma el mono… digo, Jectorín; pero y ¿mis sobrinos?, ¡son sangre de mi sangre!

Queriendo buscar de inmediato una solución a este problema; intenté hablar con mi hermano Lino, el esposo de Graciela, pero ¿qué va decir? ¿qué estoy loco? ¿y, si en verdad lo estoy? Me sosegué por un momento… Y, dije, “ya sé, me voy a comunicar con mi amigo Héctor, me debe muchas, me tiene que ayudar, ¿a inventar un plan?, ¿una idea? ¿Algo que me ayude a encontrar una solución?, ¡Algo!” Y, me puse en contacto con él por el chat… Para decirle:

—Héctor, fíjate que mis sobrinos se llevaron al mono…

— ¿Al títere que habla?

—Sí, a Jectorín, me tienes que ayudar, Héctor, ese muñeco es un monstro.

— ¡Ay nanita! —dijo Héctor— y me volvió a bloquear... y, el chat se quedó mudo.

Todo estresado; otra vez, y una vez más me preguntaba, ¿Qué hago?

Mientras por mi ventana, por el peculiar paisaje, veía jugar a los tres... a Nina, a Tito, y a Toto, pero ¿cómo? Si a Jectorín no le gusta que le digan Toto, ¿qué me pasa?

No voy a poder con mi conciencia si les pasa algo a mis sobrinos, ¿pues de que material está hecho ese mono? ¿y, porqué habla? ¿y, porqué se mueve? Empezaba a oscurecer y quería prender la chimenea, para quitarme este terrible frio de diciembre, pero el pendiente y la preocupación me lo impedían.

Cubriéndome con una vieja cobija de lana, recostado en mi sofá, esperaba y esperaba, ¿una idea, una solución, una llamada?

Y, mientras se me ocurría qué hacer, esperaba igual a que me regresaran a, Jectorín. De pronto, empezó a llenarse el lugar de muchas patrullas, bomberos, y ambulancias… E, incluso ¡una van del CEMEFO!

Salgo corriendo y les pregunto, — ¿pues qué pasó? ¿qué está pasado en ca’ de mi hermano? —Lo sentimos mucho —me dijo el oficial mayor—, todos los cuerpos están decapitados. —¡NO,NOO,NOOO! —Gritaba a los cuatro vientos—. No, no podía ser, esto debe ser una pesadilla…. NO!

Y, di un giro tremendo hacia la casa de mis sobrinos, con tremendo horror; un movimiento brusco, quería atrapar a Jectorín para desbaratarlo… Pero al hacerlo, me caí del sofá…
Sí, todo había sido una pesadilla…

¡Habla, muerde, corre! Seguía hablando como si la pesadilla no acabará; o, apenas estuviera empezando…

Eran las tres de la mañana, angustiado, delirando, sudando en frio, todo preocupado porque no me regresaron a un muñeco que compré a un dólar; un títere que no acepta que le digan mono, y que NO le gusta que le digan Toto; pero sí que le digan JECTORÍN.

 C O N T I N U A R Á …


                                                                      
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La Comida China de Baja California

Cuando fui a visitar a mis tíos en 1993 a Ciudad Madero, Tamaulipas; muy contentos me dijeron cuando me llevaban a un incógnito lugar para una sorpresa. "¿Te gusta la comida china?" Por su puesto —les dije— en Tijuana hay una en cada esquina... Sin querer les eché a perder la sorpresa, es que me llevaban al único restaurante de comida china que había —entonces— en Ciudad Madero y Tampico.

Alguna vez tuve el dato cuando empezaron a llegar estos inmigrantes orientales a quienes les debemos la comida china en Baja California, tuve el libro en mis manos; se lo presté a mi compadre, y se murió antes de regresármelo; pero lo que recuerdo bien —leí en ese libro— que la comida china de la región de Baja California, realmente surgió aquí, cuando se construía las vías del tren; que era mucha la demanda, para los muchos empleados que trabajaban en las vías. Los inmigrantes chinos se las ingeniaron en hacer su comida con ingredientes de aquí; por su puesto no iban a ir hasta la China para traer lo indispensable, recetas que inventaron aquí; y se la ingeniaron en preparar la comida suficiente para atender la demanda de la gente, mucha que trabajaba en las vías del ferrocarril.

El libro nos fue regalado por uno de tantos restaurantes de comida china en Tijuana.

La comida china; excelentes para reuniones que hacen las empresas, por más grandes o más pequeñas que estas sean; parece que cumplen su mismo propósito -del tiempo del ferrocarril-, sesear el hambre de la gente trabajadora; mucha gente, gente en masa; igual, excelente para las fiestas navideñas o de año nuevo, cumpleaños o cualquier día festivo; y hasta para esa pequeña reunión entre dos; o familiar. Excelente, me encanta la comida china; ¿quién no se organiza los viernes sociales para ir a la china?

En los 80 se  corrió el rumor que encontraron un camión de carga lleno de gatos y ratas destripados y preparados; de Mexicali para Tijuana... ¡De la comunidad china, para la comunidad china! La popularidad de la comida china parecía que había llegado a su fin en Baja California... Pero luego alguien dijo: "Si ese es el secreto de tan magnifico sabor, ¡qué importa, vámonos a la comida china!"

—Y, el rumor se esfumó, por los acantilados de la Rumorosa—.




Tragedia del Coliseo

Me da doble nostalgia encontrar sobre este trágico acontecimiento, es que trabajábamos mis hermanos y yo, en aquella academia privada que se llamaba CECAP, arriba de la tienda Damasco, en la esquina de las calles Mutualismo y Segunda, nos íbamos los tres en mi Mustang II; Gerardo, Teresa y yo,  y nos daba mucho pendiente dejar el carro estacionado en frente de ese edificio; muchos borrachos, muchos mal vivientes, y "algo" más; nunca me imaginé que más allá de ese pendiente, había esta historia. Nunca nos enteramos de esta tragedia; pero ese "algo" era palpable; y lo platicábamos, Tere, Gerardo y yo, y ahora ¡no tenerlos para comentarlo! pero estás tú, estimada, estimado lector.

Hay muchos eventos en esta ciudad que pueden ser considerados trágicos, pero ninguno de tal magnitud como el del incendio del coliseo. Aun se pueden ver los restos de lo que alguna vez fue un edificio lleno de vida, hoy, a mas de 50 años de la tragedia, aun se encuentra en pie, como un recuerdo de aquella noche tan horrible.



Era el 22 de Diciembre de 1952, dos borrachos se agarran a golpes en el edificio Coliseo, sin importarles que hay se encuentra un cine lleno de gente, y en la parte superior, un salón donde se lleva a cabo una posada para niños de escasos recursos. En medio de la trifulca, uno de los ebrios cae sobre un arbolito de Navidad lleno de foquitos de colores, lo que provoca un corto circuito y, en consecuencia, un incendio.

Al principio nadie se da cuenta, hasta que uno de los cacaros del cine nota que su sala se llena de humo, al momento de percatarse de lo ocurrido ya es demasiado tarde. El Coliseo era (o es) un edifico completamente mal construido, se dijo en su momento que el dueño lo diseño a como le dio la gana y decidió cortar costos, sea como sea, era un peligro.

El corto circuito provoco el apagón de luces, por lo que cundió el pánico por todos los asistentes que corrieron a las puertas, pero no se dieron cuenta de que abrían para adentro y no para afuera, por lo que muchos murieron aplastados por la avalancha de personas intentando escapar. Por alguna razón, las puertas de emergencia estaban cerradas con candado y cadenas, haciendo imposible la salida por ahí. Cientos de personas atrapadas con una sola ruta de evacuación.



Hubo gente que se arrojo de las ventanas intentando evadir las llamas; tristemente, los niños de escasos recursos se encontraban hasta el piso de arriba, por lo que murieron calcinados. Es aquí donde el valor de la gente entra en juego, muchos héroes anónimos intentaron sacar a las personas, los taxistas usaban sus unidades de ambulancias, pipas de agua privadas acudieron inmediatamente al siniestro a prestar auxilio. Fue inútil, cien hombres, mujeres y niños encontraron la muerte en ese edificio que aun se encuentra en pie.

Con el paso del tiempo, muchas personas olvidan este suceso, dicen que durante muchos años, de vez en cuando, se escuchaban los gritos de los fantasmas, como si fueran un eco, pero mucha gente los ignoraba, ya que el barullo del centro de la ciudad es muy conocido. Yo no se si esto sea cierto o no, lo que si se, es que muy poca gente se atreve a entrar en ese lugar por mucho tiempo, ya que la sensación de tristeza se apodera de uno.

—Tomado la página web de Pajaro Malo