domingo, 1 de febrero de 2015

Codex Gigas


Anónimo dijo... ¿Es cierto que en Tijuana se estudia el Codex Gigas?

Menuda pregunta.

Codex Gigas significa libro grande. Es una colección de la biblia judeocristiana; junto con otra información que en su momento, la edad media, fue de gran utilidad. ¿cómo vino a conciderarse que era la biblia del diablo? Por tanta información que poseía; por que según eso el que la redactó, se las igenió en hacerlo en una noche; y por el dibujo que se encuentra en una de sus paginas.

La leyenda señala que el autor del Codex Gigas fue un monje Benedictino condenado a ser emparedado vivo por un grave crimen y para que la pena le fuera condonada, el monje propuso crear una obra monumental que honraría al monasterio, un códice que contendría la Biblia y todo el conocimiento del mundo. El tiempo estipulado por el mismo monje fue de una noche. La tarea del monje era sobrehumana, por lo que se cuenta que solicitó la ayuda del mismo Satanás, el cual aceptó crear el libro en una noche poniendo como condición aparecer su imagen en una de las páginas. Ciertamente no se trata más que de una leyenda muy posterior a su creación; no obstante, es indudable que fue escrito por un solo hombre.

Contestando tu pregunta; como no tiene copias ni culto, no se puede estudiar el Codex Gigas en Tijuana, porque se encuentra en Suecia.





jueves, 29 de enero de 2015

Jectorín mi Amigo Inesperado, Capítulo 9

Nina se veía algo alterada, y solo levantó un brazo y con el índice apuntó hacia atrás de mí. ¡No puede ser!, era Jectorín, de pie y recargado a la pared… con una pistola en la mano derecha.

Confesiones de Jectorín
CAPITULO 9

Aprovechando que Nina estaba justamente a lado de la puerta entreabierta, la empujé suavemente —con acción automatizada— hacia afuera.

Me le quedé viendo fijamente a Jectorín, quien parecía un niño travieso más, que esperaba ser castigado por su travesura.

Con una zancada rápida me abalancé hacia él y le arrebaté la pistola, aventando a Jectorín hacia el sofá.

Todo fue muy rápido, mis instintos de sobrevivencia parecían estar a la orden del día, respondiendo a cada movimiento bajo reflejos automáticos, sin darle oportunidad al “mono-muñeco-cosa de que hablara”.

Salí entonces para ver si Tito o Nina sufrían de algún daño, me era urgente averiguarlo. Menuda escena me encontré:

Estaba mí cuñada Graciela con ambos, Nina y Tito, ella al verme llevó sus manos a la cadera, en posición de reclamo, y los niños llorando a todo pulmón.

—Usted no tiene remedio ¡Otra vez me los asustó! ¿Fue con esa pistola de juguete que trae en sus manos?,  le dije que los disfrutara, ¡no que me los asustara! ¿Qué no le da vergüenza? … y mi pobre Tito queriendo tronar las “palomas” ─cohetes─ y usted con sus cosas, debe estar más que loco o borracho!

Ya estaba a punto de ponerme a darle explicaciones, para tratar de que mi cuñada me comprendiera un poco. Ya estaba a punto, solo abrí la boca, pero me detuve, ¿para qué? ¿si no me va a creer? ¿si no me va a entender? ¿Para qué?

Me di la media vuelta y me eché la pistola a la bolsa del pantalón, y me regresé a mi pobre casa, y al dar la vuelta atrás, solo oía los gritos de mi cuñada maldiciéndome y sacando su mejor repertorio de palabras altisonantes que parecían hechas a la medida de su boca y seguramente tan florido como todo lo que había en su mente.

─“¡Y le voy a decir a Lino que clase de tío es usted!”  Pero yo me negué a escucharla, estaba muy cansado y desvelado por la noche anterior, y lo peor, ahora con un arma en mi bolsillo; con la llave de mi casa perdida seguramente en manos de Jectorín.

Cerré la puerta tan fuerte, que al cerrarla los cuadros y los adornos del interior de mi casa temblaron con el impulso del aire que provocó el brusco movimiento que le di a la puerta.

— ¡Jajaja! Ay “papá”, ¿por qué estás tan enojado? ¿Qué te pasa "papacito"? —Me dijo esa calamidad.

—Yo te puedo ayudar a salir de pobre. —Insistía.

─ ¡Cállate, muñeco insensato! A ver ahora como le hago para recuperar la confianza de esta familia, por si no lo sabes ello son mi familia, no tú. Tú ya tienes tiempo extra viviendo en esta casa, y ¿de qué me has servido? Contigo solo hay problema tras problema, y de pilón te burlas en cada oportunidad llamándome papá o papacito, tú no eres mi hijo, ni te lo creas… ven para acá tenemos que discutir esto que acabas de hacer.

Mientras lo llevaba hacia mi cuarto para que nadie escuchara mis gritos, pensé en las recomendaciones de mi amigo Héctor, de relajarme y de que debo cuidar más mi salud, y éste intento de  diálogo con esta “persona” (cosa), no me estaba ayudando mucho, pero tenía que hacerlo, tratar de dejar las cosas en claro.

─ ¿Sabes cómo se llama esa pistola papá?, es una “Derringer Remington” ─añadió el títere para mi sorpresa, ¿como podía saber él este tipo de información?

Decidí ignorar su comentario y sujetándolo fuertemente por los brazos, lo miré fijamente a los ojos para comenzar a regañarle:

─Jectorín, desde hace tiempo busco mi paz mental, tran-qui-li-dad, ¿si sabes lo que es eso?, ¡que vas a saber! Pero apareciste en mi vida y de pronto me la has vuelto un caos, siento que estoy de cabeza, con todo lo que me rodea “patas pa’rriba”… ¿Cómo se te ocurrió usar la pistola?, ya se que fuiste por ella a la calle mientras yo dormí, en mala hora atestiguaste el momento cuando la arrojé al ladrón… y no sabes cuanto te agradezco por lo que hiciste por mi anoche, ese ratero parecía decidido a todo, pudo pasar lo peor, pero lo asustaste, y quien no se hubiera asustado contigo si resultas ser toda una calamidad.

Menos mal que mi cuñada piensa que la pistola es de juguete, que si no hasta sería capaz de echarme la policía, a que vengan por mi, ¿y que les voy a decir?, que ¿yo no fui, que fue totó?, nadie creerá que un muñeco sobrenatural, que por torpeza compré por un dólar, fue quien supo accionar el arma… ¡no, en que bronca tan grande me ibas a meter!

Y, también menos mal, que solo tenía un par de balas la pistola y que tu no atinaste a darle a mi sobrino..  ¡no, que locura!

─No le di porque solo era un juego, que si odiara a Tito tal vez no hubiera fallado ─ confesó el cínico muñeco.

─Oye, escucha Jectorín, no te quiero amarrar y echar en el cuarto de triques otra vez…

─ ¡Sueltame yá, hablas mucho “papá”!… ¡ya no te quiero escuchaaaaar! ─dijo el mono, poniéndose a gritar como loco.

─ Ok. Está bien, ya te solté, no tienes que gritar, estamos hablando, tengo muchas preguntas que hacerte…

Pero ahora, por soltarlo el condenado muñeco se subió habilmente al armario y sentado arriba de el solo se tapaba las orejas diciendo repetidamente:

─¡No oigo nada, soy de palo, tengo orejas de pescado! ¡No oigo nada soy de palo tengo orejas de pescado!

No me quedó mas remedio que fingir con desagrado que le seguía el juego. Me tapé también las orejas, hice como que no lo oía, y mirando hacia el techo de la habitación, según yo decía la misma frase que él, pero tan solo balbuceaba cualquier cosa, y funcionó… él al darse cuenta que haciamos lo mismo quiso ponerme atención, por curiosidad supongo, y entonces fue que comencé en verdad a decir algo.

─Si éste muñeco me quisiera de verdad, si fuera mi amigo sabría comportarse bien, pero no, solo quiere meterme en broncas. Si fuera mi amigo me daría la llave que me robó, y no me espantaría a mis amistades ni familiares cuando me vienen a visitar… Si Jectorín me estimara un poco, tan solo un poco, me ayudaría a levantar el tiradero que provocó en la sala…

─ ¡No, Polo, yo no los tiré, fueron ellos, mi novia Nina y mi cuñadito!, ellos me pusieron el sombrero, me dijeron que yo era el vaquero y ellos unos apaches, que jugáramos a las guerritas, y me acordé que fui por la pistola que tiraste; disparé una vez hacia el techo y la segunda a la pared, pero ellos me aventaban con cosas, me querían lastimar, gritaban mas fuerte que yo… ¡fueron ellos! los que hicieron ese desastre...

Ahora era él quien hablaba, y no lo quise interrumpir pues me interesaba eso que decía.

─Odio que me levanten falsos, y esa llave la tengo guardada, no está perdida, y te la daré mas adelante, solo si encuentras al vendedor, al que me compraste y me regresas con él, ¿sabes lo que te pedirá a cambio?, que le des mil dólares por aceptar la devolución, y no los tienes “papá”, por eso te digo que yo te puedo ayudar a salir de pobre… pero entonces no querrás deshacerte de mi.

Esa confesión de Jectorín me dejó helado y mudo a la vez. Me le quedé viendo, yo acostado sobre la cama y el sentado arriba del armario. ¿Mil dólares costaba deshacerme de él?, y ¿acaso hablaba en serio con aquello de ayudarme a salir de pobre?

De improviso el muñeco saltó hacia mi, acelerándome el corazón, y sobre mi estómago montado me miró con esa sonrisa maquiavélica que sabe adoptar muy bien y agregó:


─¡Me tienes aquí, soy tuyo. Solo que no puedes cambiar mi naturaleza ni mi personalidad Polito!...

 C O N T I N U A R Á …


                                                                      
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jueves, 22 de enero de 2015

Jectorín mi Amigo Inesperado, Capítulo 8

Yo nada más los veía, sin decir nada, pensando en los "vientos de Santa Ana" de anoche, sin importarme ya mucho, Graciela, ni Nina, ni Tito, ni el mismísimo de Jectorín.


JUEGO DE NIÑOS
Capítulo 8

─ ¿Qué le pasa cuñado?, ¿a poco se acaba de levantar?
─Sí, así es Graciela, si mal no recuerdo te dije que vinieran a las once y se me han adelantado una hora, pero ahorita termino de despertar con un buen café, ¿tu gustas una taza?

─No, gracias, yo no acostumbro la cafeína ─me dijo ella, quien por primera vez tenía un buen semblante, menos mal que dejó guardada en su casa su careta favorita, la ordinaria, la una mujer siempre irritable y malhumorada.

Algo traumatizado por la experiencia de la noche anterior y sin que me viera la visita, me salí muy silenciosamente a ver el tiradero que el viento había dejado en el patio trasero, quería, deseaba que todo hubiera sido un mal sueño, pero no, ahí estaba el cuarto de lo triques mal cerrado, adentro la cinta y los cables con los que había atado a Jectorín, y no me cabía en la cabeza ni una pizca de ideas, de como él se pudo haber desatado, pero afortunado fui de que logró hacerlo, pues me libró de ese ladrón… ¡méndigo ladrón, si hasta me amenazó con una pistola!.

"¿Zopenco? Lo serás tú ¡ratero mugroso!" ─Pensaba para mí.

De inmediato corrí hacia la calle, a ver si de casualidad seguía allí el arma, pero no, ya a esa hora del día alguien la había recogido, quizás el mismo ratero vio que se la lancé y volvió por ella… como sea, espero no caiga en malas manos; ¿y si esos borrachos de los que habló mi cuñada pasaron por aquí?, espero que no, seguramente ella se confunde porque nos oyó discutir al ratero y a mi anoche.

Entre de vuelta a la casa y sentado en el comedor veía a esos niños jugar con Jectorín, seguramente se estaban portando bien porque la mamá quien leía una revista estaba frente a ellos.

Desayuné solo aunque en ese momento éramos cinco habitantes, estaba como de costumbre yo solito en la mesa, ¿qué dije, cinco?, pero que loco me estoy volviendo, ese títere es solo eso, un muñeco… pero, no me puedo engañar, no es solo un simple muñeco, quisiera que lo fuera… cómo quisiera no haber tenido dinero aquella noche, ni siquiera un dólar en la cartera, ¿pero estaría vivo hoy si ese mono no me hubiera salvado anoche del ladrón?  Ahora resulta que es como mi amigo y que hasta le debo la vida.

Ya no sé ni que pensar.

─Cuñado, vengo por sus sobrinos en una media hora, dejé cocinando algo sobre la estufa, ahí se los encargo… y le recomendaría que los disfrute, que busque acercarse a ellos, que no los tiene aquí todos los días.

─Sí ok, ¡vaya, vaya! No te preocupes yo me encargo de ellos ─le dije, como para no seguirle mucho la corriente.

Apenas se fue Graciela y los pequeños comenzaron a hablar más fuerte:

─Nina, ya me aburrió tu ton… Tu novio Toto, yo preferiría jugar a los indios contra vaqueros, jugar con el muñeco ya me parece cosa de niñas.

─ ¡Vete si quieres!, yo me divierto mucho con Toto, porque cuando te vas él se pone a platicar conmigo.

─Pues no me voy hasta que venga mamá por nosotros; que lástima que no quieras jugar a los indios contra vaqueros… en la casa dejé unos "cuetes" (cohetes) que sobraron de año nuevo, ni modo, ah pero aquí traigo un crayón en mi bolsillo para pintarnos la cara como si fuéramos indios, ¡míralo, es rojo y voy a pintarme!

─ ¡Mira! Creo que le pareció interesante a Toto lo que dijiste, ya por fin se movió y hasta volteó a verte.

Los vi y los oí platicar un rato, pero decidí ya mejor no prestarles atención, bah!, estos niños y sus juegos…  fui a mi cuarto por la computadora y la instalé en el comedor, así que me conecté a internet para buscar las novedades y ver que sucedía en el mundo, además de mensajes, deseaba mucho tener nuevos mensajes ésta vez.

Quise aprovechar el tiempo, pues eso de despertar tan tarde y la visita me habían sacado de mi ritmo normal de vida.

Los niños por su parte ya traían un buen escándalo con sus juegos, sobre todo Tito que más que hablar acostumbraba a gritar… Trataré de ignorarlos. Me puse a leer correos pendientes y había uno nuevo de mi amigo Héctor, me presumía lo buena que fue la película que fue a ver al cine y luego algunas cosas muy interesantes sobre cómo cuidar mi salud; pero yo, yo no encontraba las palabras idóneas para responderle, es que estos niños ya estaban haciendo demasiado ruido, aventaban cosas y movían el sillón de la sala de un lado para otro, más para evitar hacerlos sentir mal y que luego se lo dijeran a su madre, mejor los dejé por esta vez que siguieran haciendo su relajo, y me fui a mi recámara con todo y laptop de vuelta… que por cierto, que bueno que anoche la dejé guardada en mi cuarto y casualmente tapada con una cobija, así el ratero no la vio, que si no, el muy bribón hubiera intentado llevársela, y digo que casualidad, pues lo que normalmente hago es dejarla sobre la mesita del comedor.

Cerré la puerta para no seguir oyendo el griterío, ahora creo con certeza que Graciela en realidad está descansando de estos diablillos y que seguramente se va a tomar más tiempo del que me dijo; vaya pero la culpa la tiene ella y mi hermano por no ocuparse en darles una buena educación y mejores valores que…

¿Qué fue eso? 

Se escuchó un sonido que en verdad me espantó, y en la sala los gritos de Nina cada vez más fuertes:

─ ¡Noooo, Toto, no lo hagas, somos indios buenos, nooo! ─Repuso Nina.

Qué susto, y que bueno que estoy más o menos sano, no sé cómo aguanta mi corazón tantos sobresaltos. 

Se trajo los cuetes ése chamaco loco, es el colmo, ahorita que termine de escribir esto y salga, si le daré su jalón de orejas, me vale que mi cuñada me deje de hablar de por vida.

Mientras eso pensaba, afuera de la habitación los gritos de Nina eran cada vez más ensordecedores, y hasta portazos había, como que entraban y salían de la casa. De plano, ni como concentrarme en responder un simple correo electrónico.

─ ¡Vete Tito, mejor veteeee!,… ¡nooo Toto, no nos mates!

Y de improviso, ocurrió ese espantoso ruido nuevamente, ¡por Dios! Se me erizó la piel del susto y por un mal presentimiento, ¿en verdad eso es un "cuete"?

Salí corriendo lo más rápido que pude hacia la sala a ver que lo estaba sucediendo, y el escenario de cómo estaba la sala de revuelta fue lo de menos, la puerta principal estaba entreabierta, pero no veía a nadie, ¿A dónde se fueron?

En un rincón, justo en una esquina y casi detrás del sillón estaba sentada Nina y comenzó a chillar en cuanto me vio…

─ ¡Yo no fui Tío, yo me porto bien, de veras!

─ ¿Pero qué pasó Nina, y tu hermanito?, ¿estaban tronando "cuetes"? ¿Fue a traer más?

Nina se veía algo alterada, y solo levantó un brazo y con el índice apuntó hacia atrás de mí.


¡No puede ser!, era Jectorín, de pie y recargado a la pared… con una pistola en la mano derecha.


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lunes, 19 de enero de 2015

Las Calafias y los Calafieros de Tijuana

—Foto, de Víctor Serna—

En Tijuana a unos pequeños camiones, les dicen "Calafias", en algunos otros lugares de México les dicen "peceras", ¿qué tienen de diferencia con los camiones? Seguramente el tamaño, pero, ¿por qué les dicen "calafias e nTijuana"? buena pregunta... tuviéramos que investigarlo, lo que no hay que investigar mucho, es lo mal entrenados que están sus choferes, que por manejar una calafia de Tijuana, les decimos "calafieros."

 Y, su pasaje descontento; 3 anécdotas sobre estas calafias y sus calafieros.

Anécdota #1 

Víctor dijo...

En la mañana —recientemente— un señor la hace la parada a la calafia donde yo venía del trabajo "Señor, oiga, cuanto tiempo hace hasta carrusel? El calafiero le responde "es rápido subase señor". "Si pero cuanto haces? Calafiero: agarro cucapa y luego bajo a la insurgentes. Este señor insiste: ¿PERO CUANTO HACES? El calafiero le vuelve a responer:  "Suble, no puedo estar parado aquí. El señor frustradamente dice en voz alta,  "chingada ma…"

El señor se va muy molesto y el calafiero cierra la puerta y arranca.

Me pregunto a mi mismo:  ¿Porqué no contestan lo que se les pregunta? El señor solo quería saber el tiempo que hacia creo para ver si llegaba a tiempo a su destino o decidirse por otra opción, no lo sé. Ahhh, hasta yo me estresé j

¡Qué cosas pasan en el transporte de Tijuana!

 Anécdota #2

Héctor dice...

 Yo iba a la Macroplaza, y pues como dices, a veces no se leen bien los "destinos" de las rutas pues escriben en el parabrisas bien amontonado todo, pero si alcancé a leer bien que iba hacia la Macro, si no, no me hubiera subido... y tómala que agarró rumbo hacia el bajamaq, para bajar por el cañaveral, "ok pensé", algunos  hacen esto, ya me había tocado esta ruta y algunos de ahí del Insurgentes en la altura del Cañaveral ya toman hacia la derecha para ir a la Macro... pero este condenado calafiero, se siguió derecho, hacia abajo, una... dos cuadras, luego torció hacia la izquierda como para ir a la clínica 1 del IMSS... nos estábamos alejando de la Macro en vez de acercarnos... Y, yo me
estaba des esperando y pensando "pues ¿para dónde me lleva este?"... Él no estaba cumpliendo con su ruta publicada en el parabrisas, porque ya sentado como iba yo, leí claramente hacia que lugares se dirigía... Y, que me levanto y le pregunto:

─¿Oiga, que no va a ir a la Macroplaza??

─No, ahorita solo a la clínica 1 y de ahí a las 5 y 10.

─Pero, ¿!Cómo si aquí tiene escrito claramente que debe ir a la Macroplaza!?

El se quedó mudo y la calafia iba llena de gente, pero nadie decía nada...

─¡A ver aquí me bajo y mejor me voy caminando, y ni crea que le voy a pagar porque usted no cumplió con la ruta!

El calafiero no dijo nada, nada tenía que decir en su defensa el canijo, por engañar y no cumplir con su ruta, y yo caminé cerca de un kilómetro y medio... Y, con mis 10 pesitos en el bolsillo.

Anécdota #3

Donaldo dijo...

Para venir a mi rancho (La Misión) tengo que rogarle, si practicamente rogarles a estas personas del transporte público para que me digan a que hora van a salir, pues siempre me contestan:

—Uy, acaba de salir el de la Misión.

Es que no te pregunté a que hora salió—siempre les digo— te estoy preguntando que a que hora va a salir.... Y, siempre me vuelve a contestar el chofer en turno:

—Uy... es que acaba de salir la de la Misión.

Y con toda la paciencia del mundo le vuelvo a contestar es que no te estoy preguntado a que hora salió, el pasado ya pasó, lo que importa a tu pasaje a ¿qué hora va a salir?

—Es que de verdad ya, salió la de la Misión. —Cantinfliando, me vuelve a repetir el conductor.

La paciencia esa maravillosa virtud: aunque marvillosa, es de esas cosas en la vida que tienen un limite, se acaba; pero para no hacer corajes, mejor decidí ya no preguntarles "¿a que hora sale la siguiente?"  Están entrenados, por un extraño maleficio....

No me queda otra que fantasear mientras espero sin saber a que hora sale la otra calafia: que construyan un Trolley, un Metro, un Trenesito; para la Mision; o ¿por qué no me hago de un carro? ¿un carro? Por supuesto...

Gracias por su participación, Victor, Héctor, Donaldo. Uno de los eventos relaltivamente nuevo fue el de un chofer de camión que iba de Tijuana para Mexicali que abandonó, al descomponerse su transporte, a su pasaje en la Laguna Salada.

Por experiencia propia he visto, a estas personas comportarse como verdaderos cafres, en la ruta de la Colonia Tecolote, Bulevar Pacifico; además, en una curva que se encuentra antes de entrar a la zona industrial, ahí algunos de estos choferes de esta ruta avientan sus basura, sin ningún escrúpulo, por años está ese basurero clandestino como si fuera hecho por ellos mismos; y cuando les dicen algo, estos simplemente contestan, "¿A usted qué le importa?"

Pero igual, en la otra mano, ¿quién no se acuerda del chofer en la Ciudad de México que les frustró un asalto a unos asaltantes? Hay de todo, como en otras estratos sociales, hay buenos y malos conductores... Pero por su comportamiento para con el pasaje, parece que abundan más los malos.

martes, 13 de enero de 2015

La Fiesta de Disfraces

Foto, Héctor Buelna y Yoana Diaz

Después de haber trabajado tanto; por tantos años, me compré una cabaña en esta villa frente al mar, “el futuro está aquí”, decían los promocionales.

¡Una casita para los fines de semana!

Nunca imaginé que lo iba a perder todo, que iba a salir perdiendo en todos los negocios; que Susana… no, de ella ya no me quiero acordar, ahora comprendo que el olvido equivale a salud. De verdad, nunca imaginé que me iba a quedar “solo”, en esta villa, y en esa cabaña...

“Compre su cabaña al sur de Ensenada, el "Santa Bárbara" mexicano, Hawaii al norte de la península… La octava maravilla”, decían los vendedores y su promo... lo que no decían es que se aproximaban tiempos malos, que el turismo iba a desparecer, y que esta villa, se iba a convertir en un pueblo fantasma.

Los negocios han ido cerrando poco a poco, aquel que era icono del lugar, al enfermar su dueño, como su dueño, decayó hasta cerrar por completo. Sin ruido en la calles, los tráileres por la carretera se escuchan tan remotos, que compiten con el rugido del mar; y, si no fuera por la música del único restaurant-bar que queda en la villa, esta… esta villa, sería totalmente un pueblo fantasma.

En los veranos parece que hay fiesta, pero se va tan rápido, que cualquiera se preguntará y ¿la gente, dónde está la gente? Los habitantes que éramos, unos se fueron por que se tuvieron que ir, otros, porque se quisieron ir, y, los demás, simplemente se alejaron por alguna razón…

¡Dios mío! Parece que tan solo quedé yo de ¡todo aquello!

Silencio.  Silencio total. No hay señal de nada. ¿Dónde está la gente?

Los días pasan tan lentos, que solo por mi computadora y mis salidas a trotar que no me vuelvo loco, pero los servicios en estas áreas rurales de México son tan malos que parecen nulos, muy baja la electricidad, las señales de radio, televisión; de hecho, he hecho un gran esfuerzo para no aventar la computadora por la ventana; y, las antenas... las oxidan la salitre y la brisa marina; pero la culpa es mía:  ¿Quién me dijo que comprara esta cabaña en el “Santa Bárbara” mexicano?

Por todo lo anterior, querido diario, recurro a salir a trotar todas las tardes por el acantilado antes de bajar a la playa, de mi Santa Barbara mexicano... Donde al trotar desaparecen mis problemas, se acaban las quejas, me olvido de lo que fue y de lo que pudo ser…

Algo benevolente tiene caminar o trotar por este desolado pero mágico lugar, que de repente vuelvo a tener 33 años, y las sirenas me vuelven a cantar. He notado que cada sábado y uno que otro miércoles, frente a mi pasa, mientras troteo, un crucero que desde diciembre a lo que va de enero, viene decorado con farolitos blancos, parece un arbolito de navidad navegando en ultramar; parece un adorno como aquellos que alguna vez vi en las lujosas tiendas de San Diego.

¡Un arbolito de navidad que quedó prendido hasta lo que va de enero!

—Guau! Guau! Guau! —Me ladra Coquí como para saludarme, la perrita de uno de los pocos vecinos que quedan; que me alcanza y me hace fiestas.

—Hola ¡Don! —me dice don Francesco (se pronuncia “franchesco”), un viejo mercante marinero, que yo apodo "viejo lobo de mar" que por conocer todo el mundo, más que por viejo, se cree que lo sabe todo.

—Hola ¡don Pancho! —Le contesto— Miré ese barco, parece un arbolito de navidad, ¿no le parece?

Don Francesco se queda un poco pensativo, y me dice:

—“¿Un barco?”

—Sí, ese crucero, don Pancho, ¿qué no lo ve? Miré que bonito lo adornaron, a mí me parece un arbolito navideño, navegando junto a la costa.

—Lo siento, Don, tú nada más lo puedes ver. Y, siéntate en esa roca… Que te vas a caer... Es bien sabido que quien ve ese barco, está en sus vísperas. Es el barco de la muerte.

—Jajaja! ¡No me haga reír viejo lobo de mar! Ya estamos viejos para esas bromas.

—No, Don, no es broma, preguntale a cualquiera. Solo tú puedes verlo.

—Bien sabe, don Francesco, que aquí no hay a nadie a quién preguntarle, ¿a quién le pregunto? ¿Si aquí ya no vive nadie?

Don Francesco se queda serio y me dice: —Adelante, Don, si gustas ven a la casa más tarde para que nos acompañes a Yolanda y a mí a un café.

Pensando en la “broma” de don Francesco, me regresé a mi cabaña, me di una buena ducha, y me preparé para irlos a ver a su residencia de lujo que tienen junto al extremo sur de la quebrada acantilada típica de estas playas.

— ¡Qué bueno que viene a vernos, Don! —Me recibe alegremente la señora, esposa de mi amigo.

Mientras convivíamos en un ambiente empático y amistoso en casa de ellos, por la ventana principal de la casa, como paisaje se miraba a su ligero paso, aquel crucero luminoso.

—Señora Yolanda, ¿qué le parece aquel barco? tan luminoso que se ve a la distancia? —Se queda pensativa y me pregunta:

—¿Cuál barco?

— ¡Yolanda! —exclama con su acento extranjero y voz autoritaria don Francesco.

— ¡Ah sí! ¡Qué bonito barco! Tiene tres velas, ¡todo un galeón antiguo! Me recuerda a las tres carabelas.

—No, Yolanda, dile a Don la verdad. —Vuelve a decir don Francesco.

—Lo siento, Don, no hay ningún barco, —dice Yolanda de acuerdo con su esposo.

—Tienes que aceptar que ya estás en las ultimas, Don.—Me dice don Francesco—Prepárate para lo que venga, haz todo lo que no te has permitido, antes de que termine de llagar por ti el barco fantasma de la… muerte.

— ¿Qué has pospuesto en la vida?—Me pregunta la señora Yolanda—Por que ahora es el momento para que lo hagas.

Me quedó pensativo sin descuidar mi dialogo interno, pensando que todo seguramente es un juego.

—Una fiesta. Una gran fiesta. —Les digo siguiéndoles la corriente—. Una de disfraces, como aquellas de las noches de mi juventud como la que siempre he querido hacer.

—Adelante, ¡Adelante! —Me dicen los dos—, ¡hazla! Que ya viene por ti el barco fantasma que solo pueden ver los que ya están al borde de la muerte.

De regreso ya en mi pequeña casa; pensando en la “bromita” de esta pareja amiga… y, siguiéndoles el juego me puse a buscar viejas agendas de teléfonos para ver si todavía podía encontrar a las viejas amistades. No encontré ninguna... Mientras el frío de enero me recordaba los años que se van tan pronto, que el barco fantasma de la muerte, pareciera lógico.

Y, como alguna vez compré está casita para darme gusto, me gustó la idea de la fiesta y como no me quedó otra que organizarme con los nuevos amigos, que no son tan viejos como el vino,  ya que dice el refrán que las amistades mientras más añejas, mejor... Pero a falta de vino viejo, que mejor que vino nuevo, ¡nuevos aires!

Me comuniqué por la red social y les dije… Los invito a una fiesta, pero es de disfraces, aunque no sea octubre, y estemos en enero, ¿qué les parece si vienen de piratas? ¿o, motivos marineros?

Organicé la fiesta como pude, como si fuera la primera, la única y la última. No me gasté mucho... Y, ni me preocupé por mi disfraz, me pondré mis mismas garras de siempre; "muchos pordioseros se colaron en aquellas famosas travesías marinas", les diré.

Llegó el esperado sábado para mi fiesta; o, debo decir para mi famosa fiesta, con mis nuevos amigos y el viejo lobo de mar y su esposa.

Era todavía temprano, "vamos a ver el mar", dijeron algunos, mucho antes de que se acabara el vino y la cerveza, y allá fuimos a parar a aquel acantilado marino:

 — ¡Qué bonito crucero!—Decían todos—¡Parece un adorno navideño!

—¿O, sea?—le pregunté al viejo lobo de mar—¿Ya estamos todos listos pa' abordarlo?

—No. Fue algo que tuvimos que inventar Yolanda y yo, para que hicieras tu tan deseada fiesta que haz querido hacer toda tu vida.

Fotografías de Héctor Buelna