martes, 1 de enero de 2013

Los Siete Nombres de Rosarito

Según los Kumiai, lo que ahora es Playas de Rosarito, se llamaba "Wa-cuatay" que literalmente se traduce a "Casas grandes".

Dicen que siendo ellos —los Kumiai— una tribu algo nómada, al pasar por el área, ellos mismos admiraban las casas que ellos mismos iban dejando a su paso; "wa-cuatay", casas grandes.

A la llegada de los españoles, Wa-cuatay pasó a llamarse Misión de San Miguel Arcángel; tiempo después se modificó a: Misión Arcangel de la frontera, para después convertirse a El Rosario, y todavía años después, a Rosarito —El pequeño rosario (para quienes usan traductores cibernéticos)—.

Entonces, como podemos ver, el nombre Rosarito deriva de “El Rosario”, nombrado así a fines del siglo 18.

Y mientras era El Rosario y Rosarito, se le conoció también como Rancho el Rosario.

El 29 de junio de 1995 se convierte oficialmente en Playas de Rosarito, 5to Municipio de Baja California, por decreto del Congreso del Estado.

Entonces a lo que hoy conocemos como Playas de Rosarito, se ha llamado de estas 7 formas diferentes:
  1. Wa-cuatay —casas grandes—
  2. Misión de San Miguel Arcángel
  3. Misión Arcángel de la Frontera
  4. El Rosario
  5. Rancho el Rosario
  6. Rosarito
  7. Playas de Rosarito
Otra versión a su nombre —a modo de leyenda— es que cuando pasó Juan Rodríguez Cabrillo —portugues de la flota española— de Ensenada para San Diego, al ver estas costas dijo: "rosa, cor-de-rosa, róseo; bo' nito". Traducción: "rosa, color-de-rosa, rosado; bonito" = Rosarito. Los antiguos navegantes tenían la creencia que si el cielo te recibía rosado; sería todavía mejor el tiempo esperado.

La Novia de Tijuana

Muy interesante, tendremos que investigar un poco más, ¿puedo ir a ver el expediente a Ministerio Público?

Anónimo dijo...

Como policías municipales, se nos hizo común; a mi pareja —compañero de trabajo— y a mi, ver a una chavala, muy guapa —vestida de blanco— lo que era poco común era la hora y la elegancia como estaba vestida; exactamente a las cero horas; sentada en los escalones de la Iglesia de San Francisco en la calle tercera; estando el inmueble cerrado.

Con el código pertinente al reportarla, nos detuvimos para interrogarla:

—¿Se fugó de su casa, señorita? —Le pregunté.

—A usted que le importa, —me dijo.

—¿Qué hace aquí a las 12 de la noche, no se da cuenta del peligro que corre?

—A usted que le importa. —Volvió a contestarme; ahora con un poco de desesperación.

—Mire, señorita, ahora hay muchas dependencias del gobierno que la pueden ayudar, si tuvo algún problema —intrafamiliar— en su casa, o cualquier problema, ahora hay donde la pueden atender...

Ella, esta vez se quedó callada, cuando intervino mi compañero de trabajo y le dijo:  

—Vamos, déjanos llevarla a su casa, sus papás han de estar muy preocupados.

—Lo que pasa es que... —nos dijo pero se detuvo.

—Si necesita hablar hágalo, piense que la queremos ayudar, —inisitió mi compañero.

—Lo que pasa es que mi padre no me entiende, y mi novio... no hace por convenserlo.

—Y ¿te dejó plantada aquí? —le pregunté.

—No.

—Vamos —le dijo mi compañero— en el camino nos terminas de platicar todo lo que quieras como amigos.

Se subió la chavala a la patrulla, y le pregunté por su casa y su nombre.

—Enriqueta, vivo en la colonia Castillo.

Y al voltear a verla, y a nuestra vista... ya no estaba.

El código —al reportarla— quedó inconcluso. No sabíamos mi pareja —compañero de trabajo— y yo, que se trataba de la novia de Tijuana.

Ahora los interrogados somos nosotros.



La Carroza de Los Altos

Dicen en Los Altos —una de las colonias de Tijuana— que basta ver una carroza en el área; para presagiar una mala noticia; no se asusten, la historia es esta...

Son cerca de las doce de la noche, y se escucha por la ventana, lo que parece son caballos que aparentemente jalan de una carroza —algunas personas la han visto— reportan que sí; es una carroza...



Una carroza antigua, con sus ruedas y sus ejes; una carroza como su jinete, sobria y seria. Muy propios, ambos carroza y jinete... Y su caballo, ¿o sus caballos? juntos con el ruido de las ruedas, parece adrede que la anuncian...

—"No, mamá, no te preocupes; no te asustes, ni te sugestiones; no le hagas caso; es tan solo una leyenda." —Reconforto a mi madre que ya es mayor de edad y le doy animo—: "a la mejor aquí no nos toca..."

La verdad es que sí me preocupa; no, la salud de mi madre no.

Lo que me preocupa es que cuando pasa esta carroza... Anuncia siempre un deceso próximo, aquí en Los Altos.

—Alguien en la colonia Los Altos—

La Tijuana de Lyn May


—La Tijuana que le tocó vivir a Lyn May—

Los sesentas que suerte de vivirlos; decían los promocionales en la tele, los anuncios en el radio y sobretodo el ambiente, que suerte haber vidido esa época.

En los sesentas Tijuana era totalmente otra, sus cabarets abundantes, todos parecian de lujo.

 El Nicte Ha, el Flamingos, la Estrella, el Molino Rojo... El Sansusi. Entre otros tantos.

No, ya Tijuana no es ni la sombra de lo que antes fue...

Ysi ahora hasta parece que están en ruinas o abandonados, hubo una vez que brillaron con una luz inmensa, que te encandilaba.

Y me tocó ver nacer una estrella: a Lyn May.

No, entonces no había el tubo, pero si había "stands" donde las bailarinas exoticas bailaban arriba de una aparente mesa; ahí era donde bailaba Lyn. Todos los antros; perdón, antes no eran antros, se les decía cabarets o congales —de acuerdo al vocablo popular— Todos querían a Lyn May en sus salónes; pero Lyn aparecía siempre en el mismo, antes eran "antros" elegantísimos como ya no los hay en la actualidad; —no, ya no los cuidan; no les dan mantenimiento, ni cuidados— pero no tenías que esparar a tu graduación o a que te invitara a su boda un amigo millonario; por el consumo minimo; en los cabarets de Tijuana todo era como de lujo; el burlesque en Tijuana era su carta de presentación; su perdición y a la vez su entrada al paraiso.

El corazón de Tijuana era la avenida Revolución donde había la mayoría de estos lugares, cabarets, restaurantes y bares; el brillo era lo que parecía más importante; todo estaba muy iluminado, te alejabas de la avenida Revolución —en serio—: ENCANDILADO. Hasta el anuncio de la Coca Cola que estaba a lo alto de la loma, al finalizar la avenida; acorde con estos negocios, brillaba intensamente. Me dio una gran nostalgia cuando lo apagaron.

Como  también me dio una gran nostalgia cuando algunas de sus estrellas se fueron.

Pero antes de que todas esas luces se apagaran, o les bajaran de volumen; si más no recuerdo fue en el Nicte Ha, donde despues de una de esas presentaciones, Lyn May se asercó a nuestra mesa —ibamos varios amigos— y nos dijo emocionadamente:

 —"Muchachos, yo se que desde mucho me siguen, por eso quiero despedirme especialmente de ustedes, esta es mi última presentación, por que ahora me voy al cine".

Se acercó a nuestra mesa; a mi me dio un beso y a los demás los abrazó —o los saludo de mano— y nos dedicó su siguiente numero.

Después de eso, volvió a venir pocas veces Lyn May a Tijuana, pero la vimos en la televisión, en el cine y en los periodicos, pues por ese medio me enteré del altruismo que Lyn se dedicó —sigilosamente— por algunos años, ayudando a construir casas para los pobres; centros de ayuda para mujeres sin oficio, y casa-hogar para niños de la calle.

Sí, Lyn May —Lilia Mendiola de Chi— aunque nació en Acapulco, Guerrero; y de origen Chino, es nacida a la popularidad en Tijuana.

La Señora de las Velas

En ¿qué iba pensando? En llegar al mercado negro para comprarme unos sabrosos tacos de pescado, minimo; un requisito, no importa el motivo; siempre que voy a Ensenada; llego, y ahora iba, simplemnete para romper la rutina.

Lo malo que se me ourrió esta brillante idea, ya cuando eran como al cuarto para las cinco, —¿y si ya está el mercado —negro— cerrado? —Me lo ponderaba para mi mismo.

Y como no traía tanto dinero, iba por la libre. No sé por qué; pero traía mucho frio, pero pues ya estamos entrando a noviembre.

Me preocupó mucho ver a esa señora, exactamente en la ermita —y a esa hora— ya casi para oscurecer. Tratando de ser un buen samaritano, detuve mi carro y le pregunté: —¿Señora, la puedo ayudar? —No, ya llegué, vengo aquí a la ermita —me contestó— nada más a prender unas velas. Gracias.

Era una señora de canas muy blancas, con una pañoleta entre morada y negra y sus ojos serios, con una cara igual, muy seria. —Siga su camino, buen hombre —me dijo.

Seguí mi camino y llegué al mercado; sí, todavía estaban la mayoría de los puestos abiertos, y el mío, o debo decir, —mi favorito— el puesto numero ocho, donde comí muy agusto.

Me acuerdo que bromié con la muchacha que me sirvió los tacos —la chava del 8— pedí tres para empezar y aunque hacía frío, me aguanté y en vez de pedir la cerveza; pedí una coca-cola; y comí muy agusto... Estoy seguro que después pedí otros dos, cinco en total y la coca.

Por eso no entiendo muy bien, despertar tan adolodido; entubado, con un brazo, una costilla y una pierna rotos; ¿varios días después en este hospital? No me acuerdo donde exactamente me accidente... Es todo lo que tengo para declarar —le dije a un oficial— y a los doctores.

—No, señor —me dijo el agente del ministerio público—: Usted no pudó haber llegado a Ensenada; por que exactamente, a las cuarto para las cinco; un trailer lo volcó —exactamente— frente la ermita.