martes, 1 de noviembre de 2011

El Trailero Fantasma de la Rumorosa

Si para la ciencia somos energía, ¿podrá nuestra energía, antes de trascender al espacio, quedarse en la tierra; para cumplir con un proposíto aneriormente establecido? Y si para la religión, seres con alma, ¿podrá nuestra alma quedar sin descansar, hasta cumplir una promesa?

No hace mucho tiempo, sobre la carretera de la Rumorosa, un trailero manejaba a toda velocidad rumbo a Mexicali, pues su esposa estaba a punto de dar a luz y quería llegar rápido a su casa, ya que llevaba dinero para lo que se ofreciera; mas cuando iba a tomar una peligrosa curva perdió el control y se estrelló contra unas rocas.

El chofer se bajó del trailer todo aturdido, se miró el cuerpo y se alegró al darse cuenta que no le había pasado nada. Entonces esperó a que pasara alguien para que le ayudara o lo llevara a la ciudad; pero durante mucho tiempo nadie cruzó aquellos cerros. El hombre se quedó dormido y cuando despertó se sorprendió al ver todo oscuro; no entendía qué pasaba así que decidió caminar, caminó y caminó, avanzó una buena distancia, sabía que la salida de la Rumorosa estaba cerca y sin embargo, cuando se dio cuenta se encontró en el mismo lugar del accidente...

A los tres días hallaron el camión pero no al conductor; de él no se supo nada. Hasta que en una ocasión, años más tarde, un muchacho que manejaba un trailer se detuvo porque un hombre le hizo señas.

—Amigo, me llamo Francisco Vázquez y necesito con urgencia; que mi mujer reciba un dinero porque está por tener un niño. Yo no puedo ir, mi trailer se descompuso y no lo puedo dejar aquí.

—Sí, señor, con gusto se lo llevaré —contestó el muchacho— sólo dígame dónde vive su señora.

El hombre le entregó un papel en el que anotó la dirección y el nombre de su esposa. Al despedirse, el joven sintió que un escalofrío le recorría la espalda, pues al darle la mano, el señor estaban tan frío como un hielo. El muchacho no le dio importancia, subió a su trailer y se encaminó a la ciudad de Mexicali.

Al día siguiente, fue a buscar a la señora; pero no la encontró. Alguien le dijo que ya no vivía ahí, que hacía tiempo se había cambiado. Sin darse por vencido, preguntó en varios lugares hasta que —por las señas del papel— una anciana le indicó dónde vivía. Al llegar dio unos golpes en la puerta y esperó a que le abrieran.

—¿Dígame joven? —le preguntó la señora.

—Perdone, ¿aquí vive la esposa del señor Francisco Vázquez?

—Soy yo —contestó ella— ¿qué se le ofrece?

—Ayer en la carretera, su esposo me pidió que le trajera este dinero; porque se le descompuso el trailer...

—¡No puede ser! —lo interrumpió la señora, tapándose la boca—, mi marido murió hace cinco años.

Al muchacho le temblaron las piernas, le dejó el dinero a la señora, que se puso a llorar. Se fue para su casa muy asustado. Cuando llegó, apenas había cerrado la puerta; cuando descubrió frente a él, al trailero de la carretera. Brincando espantado, sentía que una fuerza extraña lo invadía...

—¡Gracias, amigo! —le dijo el trailero con voz lejana y tranquila, mientras desaparecía.

El joven podía escuchar los latidos de su corazón y tardó un buen rato en recuperarse de la impresión. Tiempo después, al platicar con sus amigos, se enteró de que el trailero ya se les había aparecido a otros hombres, mismos que no habían cumplido el encargo; por lo cual, habían enfermado: hasta quedar como esqueletos.

—Giovanna Charlene—

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